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sábado, 15 de abril de 2017

La Mujer del Animal : duele en el alma.



Nota del bloguero: Alberto Ramos, nuestro habitual colaborador, se lanza ahora en un análisis al alimón. Advertimos que el texto contiene spoilers



Por: Alberto Ramos Garbiras (*) y Ernesto Pino Londoño (**)

 La historia gira a partir del año 1975 y se extiende durante 7 años, en Medellín y uno de sus barrios marginales (gran parte de la filmación se realizó en la zona de Jerusalén, en la frontera con el municipio de Bello); los hechos violentos hacen parte de conductas desclasadas, en medio de un submundo de personas excluidas, sin escolaridad y sometidos al atraso. La violencia delincuencial del personaje y su pandilla es  anterior al auge del narcotráfico que acarreó otras formas de violencia y otra ferocidad en las comunas de los cerros; la violencia de los años 70s conllevaba a los asaltos callejeros, al  carterismo, al abigeato, al hurto común, a la violencia urbana rutinaria con múltiples formas de acción para subsistir una pandilla de maleantes.
La película es argumental y con puestas en escena, pero semeja a ratos un documental; se trata de cine sobre la realidad, basado en una historia verdadera. Una película brutal sobre una realidad descarnada; avanza la narración a punta de madrazos y con situaciones sórdidas. Un drama psicológico lleno de maltratos y vejámenes contra la víctima principal y las víctimas aleatorias por la práctica del actor principal, de raptar jovencitas, poseerlas, dominarlas o desecharlas. La escena del rapto y violación grupal durante la fiesta de cumpleaños con otra víctima, ultrajado a todos los asistentes, es la más cruel y diciente de ese modus operandi.

Es una película enmarcada por dos ciencias sociales, la sociología y la psicología. Sin ser una radiografía familiar ni un retrato psicológico, logra las dos cosas porque la familia de Libardo Ramírez(El Animal), aunque lo cuestionan y critican, le admiten todo, lo toleran y protegen; y ése grupo familiar con cada uno de los integrantes es diseccionado en la película permitiendo al espectador adentrarse en las costumbres y forma de pensar de ellos; también la película al mismo tiempo describe toda una comunidad barrial en medio de una geografía de pendientes, casas de invasión de desarrollo incompleto, calles polvorientas, vericuetos, forma de vida, hábitos, lenguaje  procaz, vecinos que van repoblando el sitio como migrantes unos y otros como desplazados de varias violencias, y el vestuario de sus habitantes: todo ello conforma una subcultura. Los escenarios registran un ambiente de total marginalidad.
Víctor Gaviria trabaja con actores naturales, no necesariamente del mismo entorno y de la misma condición que los protagonistas, pero si de origen popular, escogidos los actores principales y secundarios de estratos similares y sin experiencia, pero con dotes innatas para desenvolverse, seleccionados de un casting o pruebas de actuación, este ha sido el procedimiento para las películas “Rodrigo D, No futuro”, “La Vendedora de rosas”, “Sumas y restas”. Así seleccionó a Natalia Polo (Amparo) y a Tito Alexander Gómez (Libardo), y sin ser una película coral, introduce un gran número de figurantes.
El director Víctor Gaviria describe a través de la película " La mujer del Animal", a una mujer bajo el dominio absoluto de un hombre montaraz, bárbaro, inculto, de conductas desviadas, agresivo y extremadamente machista. Es la historia de un secuestro con todos los ribetes de violencia y ensañamiento ante la debilidad de la víctima, aprovechándose el delincuente del miedo de ella y de la comunidad que, ni ayuda ni denuncia, utilizando las amenazas y respaldado por un grupo de matones que se asocian para delinquir en gavilla. Un secuestro donde no aparecen las autoridades, no hay investigación policial. Prácticamente un secuestro público a diferencia de tantas películas sobre secuestros de mujeres donde el secuestrador las oculta para usarlas como esclavas sexuales y saciar su animalidad, pudiendo burlar a las autoridades. Aquí no, el secuestro  que se inicia con rapto y violación es conocido por familiares y habitantes del sector.
 Hay unos pequeños errores de continuidad en varias escenas. Una falta de marcar la transición de un tiempo a otro,  sin elipsis indicativas.  Como el embarazo de ella que no se ve y súbitamente se produce el parto. Y otros momentos de la vida de la protagonista en el decurso de los 7 años. Cuando se termina de ver este largometraje del cineasta colombiano Víctor Gaviria, uno descansa con una pequeña sonrisa en los labios, que simplemente significa que esta ficción de cine, anclada en la realidad, ha hecho justicia con su final y el protagonista, El Animal, tuvo su merecido : la total impunidad conlleva a esa reacción.

Este sentimiento de simple espectador es compartido con varios comentarios que se han escuchado en las últimas semanas en que se ha proyectado la película y que de manera acertada han considerado que esta filmación es “dolorosa”, “denunciante” y  “vertiginosa”. Si sumamos los tres factores, diríamos que es una  buena película y que por razones de nuestra sociología colombiana tan desconcertante, trágica y confusa, todos deberíamos ver, para aprender aspectos crueles y desobligantes de la cultura sobre la mujer que afecta todavía a un sector grande de los migrantes que a diario llegan a las grandes ciudades y que se instalan en ellas sin ningún atenuante, sin ninguna guía: como si fueran una carga tirada desde un avión y  un “defiéndasen como puedan”.
Es la historia de los migrantes que hicieron la transición campo-ciudad a la fuerza, tras la expulsión liberal-conservadora en la primera violencia de finales de los años cuarenta, extendiéndose en los cincuenta y sesenta del siglo 20, que le quitó a los campesinos desterrados : la tierra, el pan y los hijos.Y los dejó huérfanos de alma y vida para siempre.
Con esas raíces llegó El Animal a Medellín en la década del 70 del siglo pasado, con una carga de dolor y resentimiento que fue la hoguera principal de su comportamiento criminal: a sus padres los asesinaron en la violencia liberal-conservadora en el municipio antioqueño de Argelia. Es el antecedente principal de una historia cierta.
El Animal busca refugio y guarida en una de las comunas de Medellín que en esa época apenas se consolidaba e inicia una vida delincuencial y que para efectos de la historia de la película, engaña, seduce, secuestra, viola, somete y se apodera en cuerpo y alma de una niña de igual procedencia, Amparo. A El Animal, todos temen y a pesar de la "solidaridad" de los vecinos en medio de su pobreza, el miedo le gana a la justicia; y la devoción cristiana de la población no se rebela: así se desenvuelve el filme hasta su final.
 Porque durante la proyección el espectador está sometido a una suma de vejámenes de El Animal a su presa, a quien llama abusivamente su mujer (Amparo): Como puede el ser humano soportar tanta ignominia?, hasta el punto que en un momento Amparo escribe o mejor garrapatea una frase angustiante en un cuaderno sacado de un basurero, dirigida a Dios: “Señor, que estoy haciendo, que estoy pagando”.
Dentro del rebusque económico de la gente, incluye en crecimiento, la presencia de bandas delincuenciales de poca monta. Porque el sentimiento del miedo paraliza. Incluso los familiares de El Animal lo reconocen: “Todos le tenemos miedo”. Significativo también en la escena del bar La Sirena, donde sus compinches se rinden a sus caprichos. Hasta su madre le teme y lo justifica y le devuelve la culpa a Amparo: “que le estas dando a mi hijo, que lo tenes como enyerbao”, para tapar la ignominia de su hijo.
La  gente "asegurada" en sus  cambuches solo puede mirar por las hendijas de latas y tablas de madera, un futuro negro y sin esperanza: no son pobres, son miserables enfrentados al hambre y la promiscuidad. La película resalta costumbres de la subcultura,  como la utilización de brebajes malignos del que fue víctima Amparo para entregársela a El Animal. y otras prácticas o comportamientos. Hasta la música que recrea y disipa está en contra de la población con los mensajes decadentes de la música de carrilera que expresa machismo y desolación: música que disculpa los desafueros de El Animal.
 Este trabajo cinematográfico a su vez denuncia,  nos muestra a los habitantes urbanos de la gran ciudad,  la vida de los migrantes y desplazados en situación excluyente, dolorosa y cruelmente pobre: la película registra magistralmente tomas panorámicas,  macrovistas de Medellín con toda su fortaleza urbana y luego los contrasta con todas las debilidades de las comunas, caminos de herradura, tugurios sin servicios y una población sin esperanzas y sin trabajo. Solo por esa razón la película es una experiencia que se debe mirar en las salas de cine, para que historias increíblemente brutales como esta, no se repitan Pero se siguen dando, aunado a ello la situación de vulnerabilidad porque ocupan zonas sin presencia estatal y de riesgo , expuestos a los desastres como el que se acaba de presentar en Mocoa.
La película es vertiginosa porque desde que se inicia mantiene la tensión y la atención del espectador y solo se espera que llegue el final y El Animal pague sus crímenes. Esta población sometida por el miedo a un desadaptado criminal, celebran con alegría, con tapas de ollas y con voladores, la muerte de El Animal. Es una celebración a la manera de justicia popular ya que la justicia en la ciudad no funciona. Es el único momento en toda la proyección, que Amparo descansa, le agradece a Dios como si hubiese llenado sus pulmones de aire nuevo para expulsar toda su amargura y  agradada con la muerte de su victimario va acercándose al cuerpo sin vida de El Animal, se agacha, le susurra al oído : “Gracias Señor, por haberme escuchado”.
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 (*) Fue columnista de cine del periódico El País durante 10 años; realizó estudios de historia del cine en Suecia (1982) y edición cinematográfica en España (1983), becado por FOCINE y el ICETEX-.

 (**)Economista, con especialización en marketing social . Miembro del CPE Centro de Pensamiento Democracia y Postconflicto. Coautor de otros artículos de cine, como “Todos tus muertos” y “el soborno del cielo”.

domingo, 10 de abril de 2016

Siembra de Santiago Lozano y Ángela Osorio



Nota del bloguero: Nuestro amigo Alberto Ramos, quien bate récords apreciando cine colombiano, nos envía esta crítica. Advertimos que contiene spoilers.

Por: Alberto Ramos Garbiras (*)
Una película producida en parte por la Universidad Autónoma de Occidente y un grupo de cineastas esforzados como Gerylee Polanco Uribe, Óscar Ruiz Navia, Paulo de Carvalho ,coproducción entre Contravía Films, Bárbara Films,  y Autentika Films de Alemania, y los mismos realizadores Lozano y Osorio. Una buena alianza o holding de producción. Es significativo para el cine colombiano hecho por vallecaucanos que una universidad de la región incursione en la producción, sobre todo porque allí se están formando comunicadores y cineastas digitales que seguramente aportaran obras de valor al cine futuro, para resaltar más los aportes de  vallecaucanos en el cine colombiano, hasta ahora no reseñados con precisión, pero existentes saltuariamente, y con un trabajo serio, como lo vamos a demostrar en un proyecto editorial del que participan Umberto Valverde, José Urbano y otros.

Siembra es una película sobre el desplazamiento y el desarraigo como consecuencia de esa violencia que sufren los campesinos y otros sectores sociales al ser arrojados y arrancados de la tierra para buscar refugio en las ciudades donde no saben defenderse y quedan expuestos por su  indefensión a la discriminación y al maltrato. El film nos muestra una familia desplazada que habita en el asentamiento Brisas del Bosque y su relación con el  barrio Mojica de Cali. Hay que destacar la nutrida banda sonora, no solo por los canticos del pacífico, también la música en los bares y la música callejera que acompaña las incursiones de Yosner con el baile callejero krump y la música rap.

Diego Balanta como actor natural desempeña bien el papel de un afrodescendiente desplazado, pero no existe una contextualización completa que lo muestre en relación con los otros desplazados del sector, sin interacción con los demás en la búsqueda de soluciones. El guion no tiene secuencias que lo muestren con  otros habitantes del entorno habitacional. Ese aislamiento al que reducen al protagonista hace perder la descripción del  problema diluyéndose en el duelo familiar. La vida de los desplazados y sus angustias no queda estampada en la película sino de manera fragmentaria. El desplazamiento hacia Cali lo redujo a una casa rústica de madera, guadua bahareque y zinc: en un asentamiento subnormal. Desde lo individual se muestra el modo de vida al que queda confinado pero el problema del desplazamiento, el más grave de la sociedad colombiana por la vulneración múltiple de derechos humanos sobre las víctimas, no está tratado en la película para desglosar  y resaltar el fenómeno. Por la vía comparativa, la película ganadora del Oscar a mejor film extranjero, El Hijo de Saúl, ubica al  protagonista en un campo de concentración o de exterminio Nazi, y plano tras plano va mostrando la actividad infernal en ese campo de exterminio. En Siembra se desaprovecha la zona poblacional de Mojica y los desplazados para resaltar el modus vivendi.

Los directores Santiago Lozano y Ángela Osorio esbozan la angustia económica de El Turco a través de las llamadas telefónicas, los lamentos y el  intento de recuperación de un predio perdido, pero queda en el aire el conocimiento de su raíz económica y cultural. Con otro ejemplo comparativo miremos al  protagonista de la película “13 minutos para matar a Hitler” del director Oliver Hirschbiegel, él ubica al carpintero Elser(Christian Friedel),desde el comienzo en la acción, noviembre de 1939, para perfeccionar el atentado con dinamita en la cervecería y por una mala coincidencia es retenido y capturado. La película no se reduce al interrogatorio, las torturas, y  la investigación militar. Cada escena durante el interrogatorio está acompañada de flashback para ilustrarle al espectador la vida de Georg Elser. Y así discurre la película, a la vez con esos recuerdos se muestra el crecimiento del nacionalsocialismo y el ascenso de Hitler domeñando la población antes de iniciar la guerra. En Siembra faltó al menos un flashback que ubicara al Turco en su tierra plantada de cocos, como pescador mostrando la vida que llevaba, la que añora desde su nuevo hábitat como desplazado. Esa ilustración no hubiera elevado los costos de producción en mayor proporción; no colocan al protagonista en tiempo pasado para mostrarlo en su predio, por esta razón la película lo descontextualiza al no ubicarlo en su entorno antes de ser desplazado y al aislarlo por el duelo ante la muerte de su hijo Yosner (José Luis Preciado) duelo que, recorre casi todo el metraje. La película se proyecta toda en tiempo presente por ello quedó muy plana y lineal.

El asesinato de su hijo Yosner lo lleva al duelo que le quita aún más tiempo y energías y los directores nos muestran el rito afrodescendiente del velorio. La iglesia cobra demasiado para poder ejercer su catolicidad a plenitud: $500.000, solo, o $400.000 con otro, y $300.000 con misa pero triple entierro, perdiendo la privacidad. El acierto del guion está aquí: El Turco decide construir el ataúd, renuncia a la misa católica por falta de recursos, deja el cadáver mientras deambula por la ciudad impertérrito, desconsolado; y con los vecinos elabora una ceremonia informal, ritual y afín  a su cultura afro. Esas escenas del velorio y el entierro si están marcadas por la valoración que hacen del personaje que en medio del dolor es recursivo para realizar el entierro, con cánticos y música del pacífico, aprovechando al actor de Timbiquí y su participación reiterada en los festivales del Petronio Álvarez.

Otras dos películas recientes tratan con detenimiento el duelo por la pérdida de un hijo, la cultura religiosa al que pertenecen y las trabas para realizar el rito en medio del duelo. El soborno del cielo de Lisandro Duque y El hijo de Saúl del húngaro Lászlo Nemes. Reitero, es un acierto de la película Siembra haber abordado esta temática porque la gente sea de la cultura diversa de donde provenga tiene unas convicciones religiosas que están ligadas a la formación, la moral y al derecho natural sobre lo que debe ser lo justo. Y el rito apropiado hace parte del duelo. En El soborno del cielo el director descodifica las imposiciones de la iglesia que, se equivoca y choca con los sentimientos de los dolientes. Un cura dogmático que no deja tranquilo al cadáver ordenando su traslado por el suicidio pecaminoso. En El Hijo de Saúl el drama es mayor, un padre húngaro de origen judío, Saúl Auslander (Geza Rohrig), esclavizado por el tercer Reich a la manera de “colaboracionista “en el campo de concentración de Auschwitz, ve como su hijo también será cremado, entonces emprende una intensa actividad y doloroso trasegar con el cadáver para que un rabino realice la sepultura con las oraciones del judaísmo, su religión.

El film se rodó en blanco y negro como El abrazo de la serpiente, renunciando el color se perdió la luminosidad de Cali, imágenes y registró que pudo haber sido mayor para mostrarnos con planos grabados en exteriores unas zonas y calles de la urbe que otras películas no habían captado. Otra falencia de la película se observa en la edición con muchos primeros planos innecesarios. Y con planos muy largos sin cortar a tiempo, tan largos que no le aportan nada a la narración. La dinámica del montaje o edición exige cortar en el momento oportuno y empalmar el otro plano que dé continuidad. Estos son los pro y los contra en la opera prima de estos dos directores adscritos a la Universidad Autónoma de occidente. 
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(*) Politólogo de la Universidad Javeriana; se desempeñó como crítico de cine del periódico El País durante 10 años; autor del libro Textos de cine; Codirector de la Revista de Cine Trailer; realizó estudios de historia del cine en Suecia y edición en España, becado por FOCINE