domingo, 10 de abril de 2016

Siembra de Santiago Lozano y Ángela Osorio



Nota del bloguero: Nuestro amigo Alberto Ramos, quien bate récords apreciando cine colombiano, nos envía esta crítica. Advertimos que contiene spoilers.

Por: Alberto Ramos Garbiras (*)
Una película producida en parte por la Universidad Autónoma de Occidente y un grupo de cineastas esforzados como Gerylee Polanco Uribe, Óscar Ruiz Navia, Paulo de Carvalho ,coproducción entre Contravía Films, Bárbara Films,  y Autentika Films de Alemania, y los mismos realizadores Lozano y Osorio. Una buena alianza o holding de producción. Es significativo para el cine colombiano hecho por vallecaucanos que una universidad de la región incursione en la producción, sobre todo porque allí se están formando comunicadores y cineastas digitales que seguramente aportaran obras de valor al cine futuro, para resaltar más los aportes de  vallecaucanos en el cine colombiano, hasta ahora no reseñados con precisión, pero existentes saltuariamente, y con un trabajo serio, como lo vamos a demostrar en un proyecto editorial del que participan Umberto Valverde, José Urbano y otros.

Siembra es una película sobre el desplazamiento y el desarraigo como consecuencia de esa violencia que sufren los campesinos y otros sectores sociales al ser arrojados y arrancados de la tierra para buscar refugio en las ciudades donde no saben defenderse y quedan expuestos por su  indefensión a la discriminación y al maltrato. El film nos muestra una familia desplazada que habita en el asentamiento Brisas del Bosque y su relación con el  barrio Mojica de Cali. Hay que destacar la nutrida banda sonora, no solo por los canticos del pacífico, también la música en los bares y la música callejera que acompaña las incursiones de Yosner con el baile callejero krump y la música rap.

Diego Balanta como actor natural desempeña bien el papel de un afrodescendiente desplazado, pero no existe una contextualización completa que lo muestre en relación con los otros desplazados del sector, sin interacción con los demás en la búsqueda de soluciones. El guion no tiene secuencias que lo muestren con  otros habitantes del entorno habitacional. Ese aislamiento al que reducen al protagonista hace perder la descripción del  problema diluyéndose en el duelo familiar. La vida de los desplazados y sus angustias no queda estampada en la película sino de manera fragmentaria. El desplazamiento hacia Cali lo redujo a una casa rústica de madera, guadua bahareque y zinc: en un asentamiento subnormal. Desde lo individual se muestra el modo de vida al que queda confinado pero el problema del desplazamiento, el más grave de la sociedad colombiana por la vulneración múltiple de derechos humanos sobre las víctimas, no está tratado en la película para desglosar  y resaltar el fenómeno. Por la vía comparativa, la película ganadora del Oscar a mejor film extranjero, El Hijo de Saúl, ubica al  protagonista en un campo de concentración o de exterminio Nazi, y plano tras plano va mostrando la actividad infernal en ese campo de exterminio. En Siembra se desaprovecha la zona poblacional de Mojica y los desplazados para resaltar el modus vivendi.

Los directores Santiago Lozano y Ángela Osorio esbozan la angustia económica de El Turco a través de las llamadas telefónicas, los lamentos y el  intento de recuperación de un predio perdido, pero queda en el aire el conocimiento de su raíz económica y cultural. Con otro ejemplo comparativo miremos al  protagonista de la película “13 minutos para matar a Hitler” del director Oliver Hirschbiegel, él ubica al carpintero Elser(Christian Friedel),desde el comienzo en la acción, noviembre de 1939, para perfeccionar el atentado con dinamita en la cervecería y por una mala coincidencia es retenido y capturado. La película no se reduce al interrogatorio, las torturas, y  la investigación militar. Cada escena durante el interrogatorio está acompañada de flashback para ilustrarle al espectador la vida de Georg Elser. Y así discurre la película, a la vez con esos recuerdos se muestra el crecimiento del nacionalsocialismo y el ascenso de Hitler domeñando la población antes de iniciar la guerra. En Siembra faltó al menos un flashback que ubicara al Turco en su tierra plantada de cocos, como pescador mostrando la vida que llevaba, la que añora desde su nuevo hábitat como desplazado. Esa ilustración no hubiera elevado los costos de producción en mayor proporción; no colocan al protagonista en tiempo pasado para mostrarlo en su predio, por esta razón la película lo descontextualiza al no ubicarlo en su entorno antes de ser desplazado y al aislarlo por el duelo ante la muerte de su hijo Yosner (José Luis Preciado) duelo que, recorre casi todo el metraje. La película se proyecta toda en tiempo presente por ello quedó muy plana y lineal.

El asesinato de su hijo Yosner lo lleva al duelo que le quita aún más tiempo y energías y los directores nos muestran el rito afrodescendiente del velorio. La iglesia cobra demasiado para poder ejercer su catolicidad a plenitud: $500.000, solo, o $400.000 con otro, y $300.000 con misa pero triple entierro, perdiendo la privacidad. El acierto del guion está aquí: El Turco decide construir el ataúd, renuncia a la misa católica por falta de recursos, deja el cadáver mientras deambula por la ciudad impertérrito, desconsolado; y con los vecinos elabora una ceremonia informal, ritual y afín  a su cultura afro. Esas escenas del velorio y el entierro si están marcadas por la valoración que hacen del personaje que en medio del dolor es recursivo para realizar el entierro, con cánticos y música del pacífico, aprovechando al actor de Timbiquí y su participación reiterada en los festivales del Petronio Álvarez.

Otras dos películas recientes tratan con detenimiento el duelo por la pérdida de un hijo, la cultura religiosa al que pertenecen y las trabas para realizar el rito en medio del duelo. El soborno del cielo de Lisandro Duque y El hijo de Saúl del húngaro Lászlo Nemes. Reitero, es un acierto de la película Siembra haber abordado esta temática porque la gente sea de la cultura diversa de donde provenga tiene unas convicciones religiosas que están ligadas a la formación, la moral y al derecho natural sobre lo que debe ser lo justo. Y el rito apropiado hace parte del duelo. En El soborno del cielo el director descodifica las imposiciones de la iglesia que, se equivoca y choca con los sentimientos de los dolientes. Un cura dogmático que no deja tranquilo al cadáver ordenando su traslado por el suicidio pecaminoso. En El Hijo de Saúl el drama es mayor, un padre húngaro de origen judío, Saúl Auslander (Geza Rohrig), esclavizado por el tercer Reich a la manera de “colaboracionista “en el campo de concentración de Auschwitz, ve como su hijo también será cremado, entonces emprende una intensa actividad y doloroso trasegar con el cadáver para que un rabino realice la sepultura con las oraciones del judaísmo, su religión.

El film se rodó en blanco y negro como El abrazo de la serpiente, renunciando el color se perdió la luminosidad de Cali, imágenes y registró que pudo haber sido mayor para mostrarnos con planos grabados en exteriores unas zonas y calles de la urbe que otras películas no habían captado. Otra falencia de la película se observa en la edición con muchos primeros planos innecesarios. Y con planos muy largos sin cortar a tiempo, tan largos que no le aportan nada a la narración. La dinámica del montaje o edición exige cortar en el momento oportuno y empalmar el otro plano que dé continuidad. Estos son los pro y los contra en la opera prima de estos dos directores adscritos a la Universidad Autónoma de occidente. 
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(*) Politólogo de la Universidad Javeriana; se desempeñó como crítico de cine del periódico El País durante 10 años; autor del libro Textos de cine; Codirector de la Revista de Cine Trailer; realizó estudios de historia del cine en Suecia y edición en España, becado por FOCINE