martes, 5 de enero de 2010

PANCE: TRES DIAS DE PAZ Y CINE (Primera parte)


Tener agüeros es confiar en los dioses. Tener fetiches, y más cuando son cinematográficos, es tener la certeza de que en algún lugar viven los personajes que nos han conmovido. Pues bien, con algunos amigos tenemos el agüero de empezar el año mirando cine. Con ello se garantiza que los siguientes 12 meses nos depararán un infinito plano secuencia. El lugar elegido no podía ser mejor: Pance, ubicado a 40 minutos de Cali (el tiempo que gastan dos rollos de celuloide en 35 mm).
Uno va dejando atrás Qué verde era mi valle y se dirige hacia las Montañas de la Luna, le toca bordear el Río Bravo y allí se encuentra Pancewood en medio de un Gran Cañón. Previamente, como ejercicio de calistenia retiniana, habíamos videado Taking Woodstock de Ang Lee. Sentido tributo al concierto más famoso de la historia. De ahí sacamos la parodia.
Ang Lee se ha tomado el trabajo de explicarnos como a un campesino arruinado, analfabeta y a punto de perder la finca se le aparecen unos hippies excéntricos proponiéndole realizar un concierto para delinquir. No es un musical. No vemos a Hendrix, ni a ningún otro genio. Lee, un maestro de la verosimilitud, sabe que cualquier imitación resultará falsa. Más bien se concentra en la historia de esta familia que se encuentra acorralada. Por eso, sabiamente, nos ha contado en tono de comedia la historia de un enclenque hijo de granjeros que logró reunir a 300.000 personas y puso en jaque a la ciudad de Nueva York. Hasta la pantalla dividida es un nostálgico homenaje al jovencito Scorsese.
Nuestra costumbre sana consiste en iniciar la maratón con una obra maestra. Una película que ya haya superado el juicio de la Historia. Este año se eligieron dos: TESTIGO DE CARGO (1957) de Billy Wilder con un inmenso Charles Laughton y una pálida y ronca Marlene Dietrich. Wilder se había impuesto el desafío de realizar una película de suspenso con el toque Hitchcock. El austríaco apostándole al inglés, auténtico duelo de titanes. Al final al bueno de Alfred no le quedó más remedio que sentenciar: “Hoy el cine tiene nombre propio: Billy Wilder”. La otra sacrosanta elegida fue WINCHESTER 73 (1950) de Anthony Mann. Western con el debutante Tony Curtis, la jovencísima Shelley Winters y el insuperable James Stewart en mano a mano con Rock Hudson. Mejor platillo de entrada no se podía pedir.
Luego vino la tanda de estrenos:
CAPITALISMO, UNA HISTORIA DE AMOR de Michael Moore. Me llama poderosamente la atención que en el pasado festival de Cine de Cali la moda consistió en rajar del gordo bonachón. Escuché sentencias como esta: “El culpable del desprestigio de los documentales del YO es Michel Moore, no sólo porque abarca demasiado espacio en la pantalla sino porque sus películas son cada vez mas demagógicas”. Un documental demagógico es, por ejemplo el que se regodea con la miseria o también el que esta al servicio del poder. El demagogo en vez de principios tiene intereses, lo delata el hambre de burocracia y la falta absoluta del sentido del humor.
En su nuevo documental Moore vuelve a recorrer la propia existencia para realizar un desnudo total de la sociedad norteamericana convertida en un Estado Corporativo. Vendida a los bancos por un puñado de dólares, dominada por una legión de bastardos malditos. Veo a Moore mas como un quijote, un loco solitario, luchando contra gigantes de hierro.
(Este informe continuará)….