sábado, 26 de noviembre de 2011

La pelicula del año : El árbol de la vida

TERRENCE MALICK O LA PRESENCIA DE DIOS


Las ultimas ganadoras de la Palma de Oro en Cannes nos sorprenden: LA CLASE (2008), LA CINTA BLANCA (2009) , EL TIO BOONME (2010) y EL ARBOL DE LA VIDA (2011). Las cuatro tienen la particularidad de enojar al gran público y emocionar a la crítica. Las cuatro fueron premiadas por distintos jurados y, aun así, se parecen. Lo que confirma, una vez más, que Cannes con todo y sus lentejuelas sigue siendo el motor del cine mundial. Es el desafío de la industria, la mala conciencia de la farándula cinematográfica.

El revuelo que ha causado el estreno de EL ARBOL DE LA VIDA, nos hace recordar muchas polémicas que generaron algunas de las ganadoras en su momento y que hoy hacen parte del patrimonio cinematográfico mundial. Dentro de 50 años EL ARBOL DE LA VIDA sobrevivirá a los ismos y a las modas? Digamos, tal como vemos hoy Viridiana de Luis Buñuel, es decir por encima de la historia misma?

EL ARBOL DE LA VIDA, es el quinto largo de Terrence Malick , hombre misterioso de quien no se conocen entrevistas, ni ruedas de prensa, ni caminatas por el tapete rojo. Tantas semejanzas con Stanley Kubrick lo han convertido en un deleite para los gacetilleros. En un mundo donde los artistas tienen página web y hacen giras como cualquier estrella del rock, Malick vive en el encierro. Es un asceta, un místico a prueba de medios y mediaciones. En tiempos de alardes multinacionales vive la utopía de la bondad. Como cualquier Thoreau sueña con la convivencia armónica del hombre y la naturaleza.

Pero EL ARBOL DE LA VIDA va más allá de todo. Incluso más allá de los sentidos. Es un sueño? Una declaración de principios? Una película ingenua? Un alarde de viejito new age? Una pretenciosidad de quien se cree reinventando el cine?

Primero digamos que Malick así como es de cerrado en su vida publica también es poco prolífico. Cinco largometrajes para un director que se acerca al séptimo piso parece poco (por ejemplo, si lo comparamos con su paisano y antípoda, Woody Allen, quien siendo contemporáneo ya se acerca a la cincuentena de películas)

Meticuloso, perfeccionista, obsesivo, pantagruélico, improvisador, derrochador de presupuesto. Una mezcla de Erich Von Stroheim, Orson Welles, Michael Cimino y Luchino Visconti. Como para quedar perplejo. Y perplejos nos deja desde la cita inicial del Santo Job:

"¿Dónde estabas tú cuando yo cimentaba la tierra?
Explícamelo, si tanto sabes.
¿Quién fijó sus dimensiones, si lo sabes,
o quién extendió sobre ella el cordel?
¿Sobre qué se apoyan sus pilares?"

Porque el hombre es panteísta, ve a Dios en todo lado: en el árbol, el agua, en una sonrisa. En un tiempo en que el pesimismo manda la parada en el arte, Malick todavía cree en la bondad y el perdón. Es por ello que se identifica tanto con las culturas precolombinas a las cuales rindió homenaje en su cuarto largometraje “New World” (2005 ).

El árbol de la vida se encuentra dividido en un Prólogo, tres capítulos y un epilogo. Parece poco para una película tan ambiciosa pero Malick no se va por las ramas. Lo suyo es una reflexión cósmica. Es por ello que la primera analogía que establece el espectador es con 2001 Odisea del espacio de Kubrick. Ambos van desde la Pre historia a la Historia y pasan de largo. Esculpen en el tiempo, dan grandes saltos. La elipsis les queda chiquita. Si Kubrick daba un salto mortal desde la escena del hueso (Edad de piedra, digamos) hasta encadenar con una nave espacial, Malick nos lleva del big bang , pasa por la aparición de la vida molecular y lanza el meteorito que desaparece a los dinosaurios. Una elipsis de 15,000 millones años en tan solo 12 minutos !!!.

PROLOGO

Desde los títulos de crédito Malick nos habla de la fe. “Se puede vivir de dos maneras: la naturaleza o la gracia” Sabido es que Job fue sometido a toda suerte de torturas por parte del demonio quien le puso a prueba la fe. Y Job, a pesar de los lamentos se mantuvo firme como un guayacán. La señora O’Brien (interpretada por la espléndida Jessica Chastain) inaugura el prologo aún siendo una niña y viviendo en medio de la naturaleza. Siempre de verde, siempre encarnado la bondad, la señora O’Brien recuerda en su porte y pinta a la Kim Novack de “Vértigo”.

Desde este momento sabemos que Jessica Chastain va a representar a la Naturaleza. Sólo la veremos con un vestido encendido en la secuencia donde baila con los hijos pero eso sucederá más adelante y por razones muy especificas.

Capitulo Uno: LA TRAGEDIA

Una tragedia en la lejana guerra de Corea nos sacude este primer capítulo. Son los años 50 en la conservadora Texas, el pueblito no podía ser otro que Waco, patria chica de Malick. Eisenhower es el presidente de una nación que acaba de ganar la guerra y que se opone al ateísmo soviético. Y entonces aparece el señor O’ Brien ( un excelente Brad Pitt) representando a la Ley, al Padre, al Dios amoroso y Autoritario. Bajo su tutela se amparan tres hijos: el mayor (virtuoso, músico y carismático), Jack, el del medio, celoso, ojeroso, y solitario. Y el benjamín cuya presencia pretende nada más que mostrarnos una triada infantil, donde imperan los varones y cuyo toque femenino estará representado en la Madre Naturaleza. Jack 0’Brien (las iniciales de su nombre nos remiten a JOB, como no) será el eje narrativo por el que pasa, como en un carrusel de emociones, el amor, el odio, el deseo y la pasión. “Esta es tu casa- le gruñe al Padre- tu puedes expulsarme, matarme si quieres

En los felices años cincuenta Malick se esfuerza por encuadrar las ventanas, por allí se filtra la luz en grandes chorros. El árbol mirado por una cámara que siempre se encuentra en contrapicado, en posición de oración, recuerda aquella frase que dijera Carlos Mayolo de Robert Bresson: “El director que comulga antes de filmar un plano”.

Capitulo dos: SEAN PENN

Por primera vez en su filmografía, Terrence Malick vive el presente. En los anteriores largometrajes se fijaba en el pasado: En Badlands se concentra en la pareja de asesinos contemporáneos de James Dean. En Días de Gloria el capitalismo latifundista de la América rural de comienzos del siglo XX, en La delgada línea roja las gracias y desgracias de un pelotón norteamericano en la batalla de Guadalcanal en la segunda guerra mundial y en New World el amor imposible entre Pocahontas y el capitán Smith.

Sean Penn es Jack adulto, arquitecto de éxito, siempre vestido con trajes oscuros y rodeado de espejos. Su amplio apartamento loft apenas resiste un matrimonio a punto de colapsar. Aquí han desaparecido los colores vivos que componían el anterior capitulo. Nuestro tiempo, según Malick, está rodeado de espejos. Las ventanas han desaparecido, preferimos mirarnos el ombligo antes que mirar el mundo. Una época marcada por el narcisismo de las redes sociales. Repite los planos de oración de la cámara pero esta vez la luz no se filtra por las ramas de los árboles sino que apenas la dejan asomar los edificios. Puede parecer que en cada segmento Malick hubiese utilizado a dos directores de fotografía diferentes, pero no. El mexicano Emmanuel Lubezki se las arregló para trabajar con luz natural así los filtros fuesen en primera instancia claros y en segunda oscuros.

Hasta la preferencia por la luz natural, sin utilizar jamás un foco eléctrico, es una decisión mística de Malick: Por encima de Dios no hay nadie, ni Tesla, ni Edison.

Capitulo tres: EL FUEGO

Desde una vagina cósmica sale el fuego, la vida. Dado que el director realiza triples saltos en el tiempo, juega con tres ejes: los años cincuenta donde analiza a una familia de clase media en la América profunda, se devuelve a los tiempos de la creación de la tierra para luego traernos al 2011 lleno de marmolina, reflejos y sombras.

En el capítulo dedicado al fuego no solo se encuentra la gran explosión que creó la tierra y la piedra sideral que extinguió a los dinosaurios, también se encuentra el deseo de Jack adolescente quien mira al amor platónico en la lejanía de diez metros que los separan, pues no existe nada más lejano que la vecina amada a quien no se le puede ni dirigir la palabra. Jack se contentará con la bata de dormir de la amada y la arrojará al rio. Mientras suena el precioso tema “River” compuesto por Alexandre Desplat, la prenda se sumerge en las aguas permitiendo que el deseo fluya.

Y en este segmento, mientras la Ley se ausenta (El Padre se va de viaje) se arma la rumba en casa. Es la única escena donde la Madre Naturaleza se viste de un color encendido. Todo es fiesta ante la ausencia temporal de la Ley. También es la única secuencia donde la Madre Naturaleza va al pueblo con los hijos y sucede algo excepcional. Los chicos se sorprenden al conocer gente que ha violado la Ley (los presos son subidos a la patrulla). “A cualquiera le puede pasar”, reflexiona en voz baja la Madre Naturaleza mientras le da de beber a un preso. Acto seguido, un minusválido atraviesa la calle. Malick nos brinda entonces un apunte irónico: la naturaleza también se equivoca.

EPILOGO

Quizás la secuencia más loca, más rara, mas metafórica del cine actual. Todo se mezcla para que Jack (Sean Penn) logre atravesar la puerta. Una puerta en medio de la nada, como si el odio se pudiera dibujar en un paisaje árido, tipo cañón del Colorado. Todo se combina aquí: la aridez con el agua, los vivos con los muertos, los viejos con los niños. Se podría acusar a Malick de errores garrafales de raccord pues cuando el cine muestra el reencuentro de un Padre con el hijo adulto, el director se cuida de envejecer al Padre para que la cosa guarde lógica en el Tiempo. Malick se pasa eso por la faja. Un Director como él emula a Dios. Lo imita. Es el dueño de su pequeña creación y allí todo vale con tal que refleje su visión cósmica.

Terrence Malick ha realizado una obra maestra absoluta. Con “El árbol de la vida”, ha culminado la tesis sobre Martin Heidegger que dejó inclusa cuando estudió filosofía. Se dice que vive en un viejo castillo rodeado de literatura mística. Es una especie de monje del siglo XXI, como si San Agustín hubiese tenido la oportunidad de dirigir películas. Uno de sus libros de cabecera es “La imitación de Cristo” de Tomás de Kempis (monje alemán autor de un único libro, con múltiples traducciones desde el siglo XV ) quien le repite al oído todas las noches : "No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más.“