martes, 6 de abril de 2010

El vuelco del cangrejo o el poder de sugerir


Por Luis Alberto Díaz Martínez *
Nuestro espectador promedio de cine, tan acostumbrado como está a las ofertas hollywoodenses de adrenalina audiovisual en todas sus variantes o al lenguaje telenovelesco de los bandidos autóctonos hábilmente condimentados para cada ocasión, es muy probable que se sentirá huérfano cuando enfrente una estética nada complaciente con los modelos estándares del entretenimiento que siempre riman o sincronizan con el engullido de crispetas y mecato en las refrigeradas salas múltiplex del nuevo milenio.
Entonces, si por algo sorprende de entrada El vuelco del cangrejo es justamente por poner patas arriba las convenciones ya codificadas del lenguaje cinematográfico habitual y situarse a prudente distancia de los consabidos ingredientes del cine-distracción que inevitablemente conducen al consumo recurrente, casi adictivo, de la evasión forzosa en la realidad presente. Al rompe, se trata más bien de una manera de contar desparpajada, no sujeta a cánones reconocibles de inmediato, y donde la naturaleza de selva y mar imponen su ritmo milenario y moroso, en esta ocasión para esperar y acompañar el arribo a La Barra de un nuevo forastero: Daniel, quizá uno más que como los llegados antes no dejarán de mantener su pugna inconsciente o adrede contra el arraigo de los moradores nativos y sus particulares costumbres.
Y claro, escuchar el silencio y contemplar la vastedad de la manigua o del océano es llevar la contraria hasta el extremo, máxime si al espectador le corresponde hacerle frente a la sucesión de hilos sueltos con los cuales el director le sugiere –como en todo arte verdadero– ir anudando a su manera cada uno de los aspectos que van siendo tocados por la historia propuesta: Daniel está de paso porque necesita irse más lejos (¿hasta la muerte?) para librarse de un presumible desengaño amoroso y existencial, apenas insinuado por una chaqueta, una fotografía de pareja, un diario y un tomo de obras completas rellenando su mochila; los pescadores deben remar cada vez mayores distancias para buscar sus presas de subsistencia, mientras la comunidad se los encomienda a las deidades mediante ritos ancestrales; la sorprendente y bella niña Lucy tiene que saciar su natural curiosidad de infante precoz y ayudarle a su mamá a vender almuerzos al mismo tiempo que asiste a la escuela; el Paisa está empeñado en construir su hotel Paraíso con piscina mientras mantiene sus negocios visibles o clandestinos y ensordece con sus bafles al vecindario; el líder cívico del lugar (Cerebro) debe enfrentar para resolver el asedio de la agresividad foránea y el eterno pendiente de la titulación que no llega de las tierras que ocupan generaciones ha; a la curvilínea sobrina de Cerebro le toca resistir la asechanza de la población masculina del lugar incluidos los muchachos desempleados cuya única ocupación es el fútbol playero y la rumba…
Por supuesto que en esa sucesión casi casual de los hechos, donde no se les impone a los personajes un derrotero previsto de antemano y ellos parecieran que pueden contrariar los esquemas al uso con su fluir desmañado, sumada a la naturalidad y frescura de la representación de los roles desplegada por los actores nativos y forasteros (citadinos), allí reside otro de los atractivos y logros singulares de esta nueva incursión de las generaciones recientes del cine caleño, con la cual le hacen honor a ese rasgo pionero distintivo de abrirle nuevas rutas creativas y ampliar las fronteras en una propuesta de autor y periférica que ha entendido muy bien la importancia de no hacer concesiones y seguir explorando a toda costa el afianzamiento de la dignidad que se expresa dibujando de cuerpo entero lo que somos con nuestras fortalezas y debilidades.
Además, El vuelco del cangrejo logra –así no se lo proponga expresamente– evidenciar con sutileza metafórica la insania del conflicto colombiano (no declarado por torpeza y cálculo mercantil de nuestros gobernantes y los dueños de los poderes económico y político), donde unos pocos privilegiados se sienten y se creen mejores o con mayores derechos que el grueso de la población, hasta el punto de hacerlos sentirse culpables por ser como son: ocupantes ancestrales de un territorio donde la economía de subsistencia se resiste a jugar la lógica de la economía de mercado o del expolio mercenario, la misma que le pone precio a la conciencia y no se detiene hasta producir el desplazamiento forzado para abrirle de par en par las puertas a la “confianza inversionista” tan especializada en los monocultivos industriales o en los megaproyectos que reemplazan la alimentación del pan coger con los pingues ingresos de la degradación ambiental que no cesan de engordar los bolsillos de los regentes de turno.
Pero lo que más impresiona, precisamente de este tratamiento frentero y sin ambages de nuestra realidad, es el asumir un lenguaje y ritmo inusitados donde la proverbial e incomparable agresividad y violencia colombianas (omnipresente a lo largo y ancho de nuestra historia), quedan en suspenso ante las oportunidades que se le brindan a la sensatez expresada con razones de entendimiento y malicia aborigen para que con nadadito de perro sólo suelte sus amarras cuando la paciencia se agote o “la taza se llene”, pero de todas maneras se desborde en su justo momento, preciso cuando la imagen de los integrantes de la Junta Comunal con sus machetes arriba se congela para darle término inesperado a la película.
Vaya, pues, un aplauso general con ¡bravos! y pitos eufóricos incluidos para celebrar la ópera prima de un equipo bien probado de muchachos y muchachas (director, productora, fotógrafa, ambientadora, asistentes, actores, etc.) que sin tener que irse y renegar de Cali, o yéndose para ganar experiencia han vuelto para vivir el goce de crear lo máximo con lo mínimo, siempre en función de transmitir a sus contemporáneos y a las nuevas generaciones la constancia de un aprendizaje que no cesa y sobre la marcha tiene que seguirse consolidando para entregarnos el reflejo creador de lo que somos como idiosincrasia local y regional.
*
Escritor y comunicador independiente, cofundador de la Escuela de Cine Digital de Cali.

4 comentarios:

Luis Gabriel Velásquez dijo...

Muy buena crítica tocayo, como siempre esa mirada tuya que abarca el infinito. De hecho cuando yo me fuí a ver la película y se acabó, se paró un negro (aclaro que no soy racista) y dijo: ¡que película tan mala! Para eso prefiero rosario tijeras.
Definitivamente les gusta el western criollo, pero eso se debe a la falta de educación y de tradición cinematográfica (comparado con el cine europeo o mejor aún el oriental porque esa película de Papeto tiene mucho de kurosawa, al menos en la actuación introspectiva). O es eso o es el morbo por la sangre que han implantado los gringos en sus pupilas.

Sic Faciunt Omnes dijo...

Me gustaba más esta película cuando se llamaba Amar a Morir.

MEMORABILIA GGM dijo...

Para el comentarista no hay cine malo distinto del que hacen los gringos. Ahi pierde objetividad y el discurso se le vuelve un tris mamerto. Ya, parce, hágale por donde es que usted tiene talento. Pa rajar de los gringos tiempo sobra... y ellos ni se enteran, ni les importa y siguen vendiendo millones. Que es como debe ser cualquier actividad humana. O sino preguntele a los chinos que dicen: "No importa el color del gato con tal de que atrape ratones"

Ale dijo...

Me gusta cuando dice que el ritmo de la película lo imponen el mar y la selva, porque fue precisamente la impresión que a mí me dio, y el devenir de esos dos elementos son en sí la fuerza de la película, todo lo que sucede, sucede alrededor de ellos, y las personas son sólo la escenografía que llena de detalles la historia principal, que va más allá de lo humano.